El nombre y el rostro de José María, Chema, Grau Sopena son bien conocidos por los montañeros porque son inseparables del refugio Ángel Orús. Aquí ha sido el guarda desde septiembre de 1997, antes de la inauguración del edificio actual, hasta febrero de ese año, cuando se jubiló. Casi treinta años atendiendo a quienes recorrían el GR11 o ascendían al Posets. Una trayectoria que la FAM ha reconocido concediéndole este año su Insignia de Oro, que recibirá en la Cena de la Montaña.
Pregunta.-El premio es por tu trabajo como guarda, pero entendemos que tu relación con la montaña y el montañismo vienen de antes.
Respuesta.-Sí, empecé de muy pequeño, porque ya mis padres tenían relación con gente del Valle de Chistau y pasaba allí los veranos. Así que mis inicios fueronen el campamento Virgen Blanca, que todavía existe. Allí estuve, creo, desde los 9 hasta los 16años, y fue donde comencé mi relación con la montaña y realicé mis primeras ascensiones, a Bachimaña o al Posets. Y bueno, allí se me despertó el gusanillo y continué con personas y continúe con el club zona de mi pueblo, Monzón, o de la zona, como Montañeros de Aragón Barbastro. Así que con gente afín ya empecé a hacer montaña un poco más en serio. Además del Pirineo y los Alpes, participe en una expedición en la cordillera de Tian Shan por Kazajistán, donde ascendimos al Chapaev y al Khan Tengri, un siete mil muy espectacular e interesante. Justo al regresar de allí fue cuando salió a concurso el refugio del Forcau y con uno de los compañeros de esa expedición y un amigo, al que también le gustaba la montaña decidimos presentarnos, un poco por probar, a ver qué pasaba.
P.- Fue pues un giro en tu vida…
R.- No teníamos
una idea muy clara de lo que suponía ser el guarda de un refugio, y en ese momento llevaba 14 años trabajando en una empresa de Monzón. Como digo, nos decidimos a intentarlo sin tener claro a qué nos estábamos enfrentando, pero de varios equipos que nos presentamos nos eligieron a nosotros.Fue toda una sorpresa y allí he pasado casi treinta años.
Estoy muy agradecido a la FAM por brindarme esa oportunidad. He podido desarrollar mi vida y aprender muchísimo. He estado muy a gusto, ha sido mi vocación, mi forma de vida. Así que estoy muy contento por la relación cordial y cercana durante estos años con la FAM y ahora también por este premio.
Los refugios siempre han existido y han sido necesarios para apoyar las diversas actividades en un medio hostil. La FAM apostó por crear una red de refugios para dar apoyo a las actividades en la montaña. Además, estas instalaciones deportivas se han ido adecuando a las exigencias y normativas actuales. Los refugios están vivos y en constante evolución para continuar.
P.- ¿Y qué conocías entonces del refugio y del trabajo de un guarda?
R.- El refugio del Forcau lo conocí cuando se estaba construyendo, porque como tenía relación con los clubes de montaña, subí algún fin de semana a echar una mano, cuando podía, porque estaba haciendo el servicio militar. Ayudaba a subir el cemento con una mula, a buscar piedras o levantar una viga… que nos juntábamos allí una peña de gente. Pero desde luego no pensaba para nada que años más tarde iba a ser yo el guarda de ese refugio.
Como trabajo de guardas conocíamos muy poco, solo por la pequeña relación con los guardas del refugio de Estós o
de la Reclusa, teníamos alguna vaga idea. Al empezar en septiembre del 97 ya estaba iniciado lo que terminó siendo el gran proyecto del Ángel Orús y tuve suerte de participar en la construcción del actual refugio. Echaba una mano en las cargas con el helicóptero y colaboraba en pedir material, a la vez que me encargaba de la comida y el alojamiento para los trabajadores y para la gente que se podía alojar, porque se estuvieron combinando las dos cosas al mismo tiempo. Fue un follón, pero estimulante. Aprendí rápido que este es un trabajo que necesita toda tu dedicación, no un trabajo al uso.Vas aprendiendo de todos los temas: de pintor, electricista, mecánico, albañil, cocinero, de administrativo, que el trabajo de gestión es muy importante… de todo.
P.- Un trabajo muy exigente
R.- Vocacional totalmente, porque exige todo de ti todo el día y todos los días para que el refugio funcione. Así que o te gusta lo que haces o la cosa no funciona. De hecho, empezamos tres socios y al final me quedé solo. Luego estuve un corto periodo de tiempo solo tras el cual entró otra persona como guarda. Estuvimos mano a mano hasta el año 21 que él se montó un negocio y continué solo, bueno, contratando a gente, claro, pero como único guarda al frente. Personalmente tengo que mucho agradecer a mi mujer por haber entendido mi trabajo, no solo mis ausencias y por ir sacando para adelante la casa y a nuestras hijas, sino que también cuando estaba con ella, todavía estaba preocupado por preparar un vuelo o un tema de administración.También por ayudarme en mi trabajo como guarda, echando una mano cuando ha sido necesario e incluso ayudando en el refugio.
P.- ¿Yqué te ha aportado para seguir tantos años?
R.- Soy una persona muy movida y este es un trabajo que te obliga a estar siempre activo porque hay que andar siempre resolviendo cosas muy variadas, así que a mí me ha estimulado muchísimo para aprender y pensar soluciones en vez de tirar la toalla. Que si falla el agua o la luz y hay que repararlo, que si tienes que organizarte para conseguir un repuesto y bajar a Eriste a recogerlo y luego subirlo y apañarlo… Y también me ha gustado poder conocer y tratar a un mogollón de gente. En verano se hace más difícil el trato por la masiva afluencia, pero en invierno, con más tranquilidad, tienes la oportunidad de hablar de tú a tú con la gente. Además, claro, ser guarda me ha dado la posibilidad de viviry trabajar en el entorno paradisiaco y practicar la montaña.Vivir estos años en un medio maravilloso que te atrapa y llena de paz.
P.- De todos estos años de trabajo, tendrás muchas anécdotas.
R.- Me he arrepentido muchas veces de no haber ido tomando notas para luego hacer un libro de vivencias de un guarda, porque son muchas, pero se van olvidando hasta las más relevantes. He tenido experiencias inéditas, como el alud que cayó por la noche desde lo alto del Forcau hasta el fondo del valle de Riveres, por suerte solo tocó una esquina del refugio y causó pocos daños. O la mañana que un chaval “autodesapareció”. Estaba la Guardia Civil buscándolo, amigos, su familia allí y llamó por teléfono para decirle a su padre que estaba en un bar de Benasque. Recuerdo también una nevada que nos costó más de seis horas ir abriendo huella desde el pueblo de Eríte hasta el refugio, cuando lo normal es una hora y cuarto. Anécdotas hay muchísimas porque han sido muchos años.
P.- ¿Y qué cambios has visto en estos años?
R.- Han cambiado los refugios, la gente y los servicios, la forma de abastecer, todo. Empezamos en una cabaña en obras con muy pocos recursos, a la que había que subir todo con mulos, o con la mochila.Ahora el Ángel Orús tiene unas buenas prestaciones: luz, gas, agua, se abastece con helicóptero… que entonces no se podían imaginar. Y lo mismo las comunicaciones, antes con una emisora de radio, ahora internet.Tambiénen la forma de conocer las rutas.
En la gente también veo otro carácter. No digo que mejor ni peor, pero antes la gente era más batallera, más curtida. Poco a poco ha ido evolucionando la gente que sube a la montaña, de igual manera que ha evolucionado el material que se usa. Ahora hay más gente demasiado intrépida o desconocedora, que puede dar lugar a situaciones de riesgo.También se nota con el trabajo en el refugio. Por ejemplo, antes se ofrecía un menú para comer y punto, y ahora ha entrado en juego la posibilidad de diversas opciones para la comida, el que es vegano, o no come queso, etc. etc. Eso te obliga a reconducir el servicio y a estar preparado para dar un buen servicio, aunque un refugio siempre será un refugio.
P.- ¿Y ahora que estás jubilado, cómo es tu relación con la montaña?
R.- Desde febrero me he tenido que dedicar a otras tareas, sobre todo temas familiares, también a hacer las cosas que tenía en casa pendientes para cuando tuviera tiempo, a adaptarme de pasar del estrés a la tranquilidad y descubrir que ahora tengo tiempo. Estoy dando vueltas a la cabeza para subir a Posets por Viadós. Lo hice por primera vez con 15 o 16 años, y cuando vuelva ya tendré 66. Así que a lo tonto, casi sin darme cuenta, han pasado ya cincuenta años.Me lo planteo como darme un regalo para mí mismo.